Michi en todo su esplendor, sacando de quicio a su hermano.
La incultura se ceba con las bellas y con norteños aún sin rumbo. Así a los malditos nos queda un tabaquismo crispado de copas apuradas y datos inconexos. Tú bien que me entiendes, Michi. Siempre soñaste con acostarte cada noche con una Twiggy diferente, cuando tu destino era casarte con una señorita bien que se llamase Victoria de los Ángeles, aunque no fuese soprano. Los malditos siempre fuimos unos insatisfechos, siempre queremos lo que no podemos tener, siempre tenemos lo que no queremos. Nosotros no tenemos la culpa de ansiar que el mundo sea de una determinada manera, de nuestra determinada manera. Por eso nos cae bien Victoria de los Ángeles, porque su padre fue bedel de la Universidad de Barcelona, y aunque el destino ya se encargó de cobrarle su burla, la chica del lumpen proletariado se sacó el as de la manga y se sonó los mocos con él. Prodigiosa aria. Las bermudas serán para el verano, pero a mí nadie me dice con quién me debo casar ni de qué color será mi niño negro, ea, ea, ea... mi Pichito se cabrea, atízale con el hígado cirrótico y la ironía de brea. A mí a sarcástica no me gana nadie, y menos cuando me pongo aristocrática, y estamos hablando con rancio abolengo, los Panero de toda la vida, vetusta estirpe del antiguo régimen, aunque estas nuevas generaciones no se den por aludidas. Michi, vámonos de copas y enciéndeme este primer cigarrillo de la noche, porque hoy en día ya no quedan dandis ni las chicas guapas saben aguantar el ritmo.
CA-TE-TOS (os lo digo desde el cariño).

